Entró el pelotón armado, en castrense y disciplinada formación, adentrándose en el aciago y desierto patio. Tras el marcial pelotón, dos soldados arrastraban un cuerpo. Aquel cuerpo no era humano sino más parecía un guiñapo de trapo, un pelele castigado por las indiferencias de quienes le precedían. Cerrando la marcha, otro soldado raso, pero con idéntica compostura, esa que parece reportar infaliblemente un uniforme, portaba, agarrada por los pelos, la cabeza separada ya del cuerpo, dejando tras de sí un rastro rojo, o ¿ya negruzco de la sangre en su proceso de coagulación? En un goteo persistente, aunque ya condenado a perder intensidad con los pasos del improvisado desfile.
Ataron al pelele, costaba imaginar que aquello había sido un cuerpo humano, que una vez había tenido movilidad propia, sentimientos, penas lloradas y alegrías disfrutadas y sonreídas. El cuerpo mostró el muñón de un cuello que ya no sostenía cabeza alguna, ya incapaz de mirar al suelo ni a ninguna otra parte.
El pelotón formó frente al madero, delante la inmovilidad del bulto que las cuerdas sostenían.
El sargento con voz autoritaria, ronca y fuerte ordenó:
- ¡Atención! ¡Apunten! ¡Fuego! -precediendo el atronador sonido escupido por los fusiles.
El cuerpo pareció recuperar una breve aunque intensa movilidad cuando las balas penetraron, violentas, en las carnes muertas.
A sus pies quedó la cabeza, con un rictus de terror dibujado en los labios, que había dejado caer con irrespetuoso gesto el soldado o tal vez cadete, si nos atenemos a su juventud, que la había transportado hasta allí. Su rostro impasible nada dejó entrever de sus sentimientos. Estos no tienen cabida en las castrenses reuniones.
Las órdenes, órdenes son.
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