Mi mano quiso aliviar el escozor que en mi rostro había dejado la estruendosa bofetada que acababa de recibir. Ante mí, una cara hermosa, juvenil, de rubia y corta melena, llena de asombro y pavor a la vez, en partes iguales, me observaba llena de incredulidad y de ira. La mano aún dispuesta y armada para disparar otra vez, cuantas veces fueran necesarias. En su gesto había una determinación y una osadía apenas disimulada, empañada por el asombro que aún no se había disipado del todo en su semblante. La sorpresa siempre deja una huella pasajera, que perdura unos instantes fugaces pero intensos.
Aquel bello rostro me observaba debatiéndose entre la rabia y el asombro. ¡Qué hermoso era! Había vuelto de un lejano pasado, habiendo emprendido un largo viaje desde tiempos remotos y añorados, pero, despertando y rejuveneciendo los mismos deseos, fervores y nerviosidad de antaño. ¡Cuantas sensualidad atesoraba esa cara casi celestial! Balbucee un tímido ¿Rosa? Ella se giró para ofrecerme un despreciativa y muda despedida reprendiendo una apresurada marcha hacia un destino completamente desconocido para mí, pero a la vez, interponiendo una distancia de seguridad entre nosotros. También era bella por detrás.
Me sacó de mi ensimismamiento una voz desconocida, reprobatoria:
- Pero, hombre ¿a quien se le ocurre, a su edad, abordar una chica así por la calle?
Pero yo solo quise abraza un recuerdo que se había cruzado conmigo entre la muchedumbre anónima y apresurada.
También el gesto de la cabeza del transeúnte no era más que un reproche cargado de desprecio hacia mi persona.
Cuando llegué a casa, Rosa veía la tele. Mi llegada apenas despertó en su atención algún gesto de alegría, amor, impaciencia. Ni una sola pregunta interesándose por mi presencia.
La rutina recubría de un tono grisáceo estampado de roña y polvoriento, las paredes, los techos, las puertas, las ventanas de nuestro hogar.

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