Se adentró el pelotón armado, en castrense y disciplinada formación, en el aciago y desierto paraje del bosque. Tras el marcial pelotón, dos soldados algo rezagados arrastraban un cuerpo. Aquel cuerpo sin rastro de humanidad sino más parecía un guiñapo de trapo, un pelele castigado por las indiferencias de quienes le precedían. Cerrando la marcha, otro soldado raso, pero con idéntica compostura, esa que parece reportar infaliblemente un uniforme militar, portaba, agarrada por los pelos, la cabeza separada ya del tronco, iba dejando tras de sí un rastro rojo, o ¿ya negruzco de la sangre en su proceso de coagulación? Era un goteo persistente, aunque ya condenado a perder intensidad con los pasos del improvisado desfile sobre las hojas y yerbajos muertos que crujían lastimosamente bajo las botas.
Ataron al pelele en un árbol vecino a una cabaña abandonada, costaba imaginar que aquello había sido un cuerpo humano, que una vez había tenido movilidad propia, sentimientos, penas lloradas y alegrías disfrutadas y sonreídas. El cuerpo mostró el muñón de un cuello que ya no sostenía cabeza alguna, ya incapaz de mirar al suelo ni a ninguna otra parte.
El pelotón formó frente al árbol escogido, delante la inmovilidad del bulto que las cuerdas sostenían.
El sargento con voz autoritaria, ronca y fuerte ordenó, una vez sujeto el cuerpo inerte al árbol escogido:
- ¡Atención! ¡Apunten! ¡Fuego! -precediendo el atronador sonido escupido por los fusiles.
El cuerpo pareció recuperar una breve aunque y apenas visible movilidad cuando las balas penetraron, violentas, en las carnes muertas.
A sus pies quedó la cabeza, con un rictus de terror dibujado en los labios, que había dejado caer con irrespetuoso gesto el soldado o tal vez cadete, si nos atenemos a su juventud y falta de galones o insignias, que la había transportado hasta allí. Su rostro impasible nada dejó entrever de sus sentimientos. Estos no tienen cabida en las castrenses reuniones.
Las órdenes, órdenes son.
.webp)


.jpeg)
.jpeg)

.jpeg)